Palabras que habitan

Hay momentos en la vida donde las palabras que usamos van perdiendo el sentido. Se van moviendo del lugar donde estaban, van perdiendo su efecto de emocionar, de conmover y tocar. Palabras usadas y gastadas que han perdido su color como una prenda vieja que se ha lavado muchas veces, o como aquel invierno que perdió el verdor sin avisar. Hablando de pérdidas, hay palabras que se han perdido. ¿Dónde están estas palabras extraviadas? ¿Qué efecto produce su extravío en los seres hablantes?

Un día quise escribir con nuevas palabras, reinventar mi escritura intentando que fuera primavera. Escucharme y leerme diferente, desde otro lugar, con palabras estrenadas. Palabras que huelan a las hojas de un libro nuevo o a una fruta fresca. Palabras recién adquiridas como quién se compra un vestido nuevo para la temporada de verano. 

¿Es esto posible? ¿Basta con aprender nuevos significados y leer otros autores? ¿O hay algo de las palabras que nos habitan, que nos atraviesan, que nos hacen ser, que no pueden ser sustituidas por un libro nuevo? Parece que tenemos las palabras adheridas como la piel. Sospecho que no son una prenda más de vestir que podemos quitarnos, cambiar y reemplazar con la misma facilidad que nos quitamos los zapatos.

Las palabras parecen habitarnos, más que nosotros usarlas a ellas. Hacen casa en nuestra piel aliviándonos. Pero también angustian, emocionan, seducen, atraen, alejan, vinculan y desvinculan. Con una palabra en el momento correcto se termina una canción, se concluye un poema que da pie a otro poema, se saca una sonrisa, se obtiene una lágrima. Con una palabra se construye una frase que nos acerca a nuestro propio verbo y nuestra propia acción.

Tejiendo sentidos

Encuentro que las palabras están incluso antes que nosotros. Como un viejo árbol que vio llegar, hacer vida y marcharse a todos los habitantes de un pueblo. Encuentro que son ajenas, nos hacen creer que nos pertenecen, pero al finalizar nuestra existencia seguirán allí. Peleando y reconciliándose, dándole sentido a otras vidas. Aun así seguirán siendo ellas, quizás con otros sentidos, moviéndose entre otras guerras y otros amores, de allí su naturaleza equívoca e insuficiente.

Las palabras dice Lierni Irizar:

 “tejen y destejen sentidos en torno a lo agujereado…sospecho que ellas, trazos sobre la nada, femeninas, al fin y al cabo crearon lo imposible, para enredarnos, para que nuestras vidas fueran otra cosa que comer, dormir y desaparecer, porque nunca terminan de decir lo que queremos decir y nos obligan entonces a hablar y hablar, escribir, fracasar y comenzar” * 

¿Entonces puedo ir más allá de mi escritura?, ¿encontrar otra sonoridad en mis palabras?, ¿escribir mi propio verbo?, ¿cómo hacer eso si somos lo que somos por un discurso que nos atravesó antes de ser? Es como ir a un lugar que se desconoce, intentar tocar constantemente ese agujero oscuro a donde no llegan las palabras, ese desconocido que parece mudo pero grita, ya que sin eso no habría ningún verbo intentando tocarlo.

Parece que intentar escribir de otra forma es posible e incluso usar nuevas palabras. Pero hay algo de nuestro texto que parece siempre tener la misma sonoridad. Parafraseando a Irizar (2022)  las palabras nos atraviesan y por eso nunca vamos a estar ilesos. La palabra nos estremece de pérdida y al mismo tiempo nos da la vida.

Darle un cuerpo a las palabras

Escribir es una forma de tramitar algo sobre ese agujero sobre el cual no se puede decir. Son intentos de tocarlo, aunque siempre queda insuficiente, incluso después del punto final del texto. Escribir es como tratar de darle un cuerpo a esas palabras que nos habitan, intentos de decir lo indecible, intentos de hacer algo con la castración y la imposibilidad, intento de hacer algo con la muerte. Como la muerte de esas palabras que ya no son dichas, intentar darles vida, usar verbos para accionarlas. ¿Se puede encontrar el propio verbo más allá del discurso que nos interpeló? 

Sospecho que sí…

¿Qué siento cuando escribo? Alivio, descanso, como un sueño reparador.

 “Hay algo a lo que cada quien ha de encontrar que es mejor que dormir”** 

Ese algo nos despierta, nos alienta, nos salva de ese agujero inevitable, y por eso hacemos vida alrededor de él. Nos salva de esa palabra mortífera, que mortifica porque está extraviada en nuestro texto y por ende nos extravía.

Sospecho que en el análisis se buscan esas palabras extraviadas. Encontrarles el sitio correcto en la oración, construir una nueva frase que produzca otra lectura, otra sonoridad en el texto de la vida. Un texto que se pueda leer en todas las estaciones. Sospecho que se intenta en el decir constante, encontrar un decir mejor dicho.

“- Es lindo como albergamos una predisposición a la escritura- me dijo-

  – Sí, quizás no todos, otros albergan otras formas de enunciarse.”

* Iriza, L. (2022) Las palabras que me soñaron. 1° Edición.  Editorial Grama. 

** Idem

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